A mi buen chico

Me casé con un buen chico. Hoy es San Valentín, y estamos a solo tres días y  un mes de St. Patrick, cuando cumpliremos Dan y yo cinco años juntos, tres y medio de matrimonio. Cinco años, para muchos en esta sociedad moderna tan frenética de hoy en día parece mucho tiempo. Para las parejas más mayores apenas son dos días. Una cosa sí que es cierta: no hemos desaprovechado ni un solo día, ni un solo segundo juntos. Si la función última de la pareja es dejarse purificar hasta los cimientos por la fuerza del amor, por ahora podemos decir que lo estamos haciendo bien. Más allá de cosas triviales, como pueden ser el tiempo.

Hoy quería dedicar unas pocas palabras a mi hermoso marido, a esa persona que Dios me envió como infinito regalo y excelso desafío para transformarme y convertirme en una carne nueva, un espíritu nuevo. Mi compañero de batallas, mi fiel aliado, mi fiero enemigo, mi fuerza y mi debilidad. Mi oxígeno, mi mayor prueba y mi más emocionante aventura.

A Dan... como todo lo que tengo, todo lo que soy.

Siempre con la Bendición de Dios sobre nosotros.



Me casé con un buen chico. Hoy en día no es lo que parece ser la moda. A las mujeres modernas de nuestra civilización parecen irles mejor los tipos oscuros, irredimibles, con modales y valores bajunos, cuya ideología de placer, libertad y culto al propio yo no se plantee respetar los límites ni siquiera del dolor. Mujeres que suspiran por Christian Greys millonarios, guapos y echados a perder a cuyo lado ellas, en cómodo contraste, sin hacer nada en particular parezcan tiernas palomitas blancas. Hombres que las liberen de toda responsabilidad moral, puesto que ellas son víctimas de una atracción incontrolable hacia ese hombre tan malote que es más fuerte que ellas y domina su vida. Dirán que son solo fantasías para entretenerse, producto de la ociosidad, sin saber, o sin querer saberlo, que al fin y al cabo aquello que uno recrea en su mente de algún modo lo invita en su vida, y tiene más papeletas para convertirse en una realidad.

 Million Dollar Baby, una de las favoritas de Dan, mostrando un modelo de tipo duro y protector por excelencia que a él le encanta: Clint Eastwood.

Me casé con un hombre recio y regio, callado y fuerte. Tampoco es un modelo que goce de mucha popularidad. Ahora se llevan más los graciosos y/o sensibles que te seducen con su personalidad chistosa y su manifiesta vulnerabilidad, con su amor sufridor por las diosas inalcanzables que somos nosotras, y que si han llegado a alguna posición responsable en la vida parece que sea porque la suerte les ha bendecido por lo simpáticos que caen o por la ayuda desesperada que necesitan. Hombres a cuyo lado suspiramos tranquilas porque no queda duda de que somos las más fuertes, las que mandamos, las que controlamos, las que nos quejamos de su flojera mientras nos dejamos adorar y les tratamos, aliviadas, como a niños. Hombres como Peeta Melach, tiernos juguetes del hambre, de los superiores malotes y las circunstancias adversas, y que necesitan que nosotras pongamos el coraje y la dureza y que los salvemos. Hombres a cuyo lado, de nuevo con poco o nulo esfuerzo se nos ve hechas todas unas superwomen. Pues no, tampoco eso para mí.

Me casé con un hombre que desafía y derrota cualquier estereotipo tonto y perezoso, comercial, mercantil, pseudofeminista que asevera, en generalizaciones banales que pasan por alto el necesario trabajo que conlleva toda relación basada en conocer los detalles de esa otra persona, que los hombres son todos simples y simplones, predecibles, analizables y fáciles de manipular.


 Una canción de Bob Dylan, en este vídeo cantada magistralmente por Jeff Bridges, que encaja de perlas con el carácter de mi marido: The Man In Me.


En el mismo instante que quedamos solos por primera vez, ya hace casi cinco años, toda mi vida cambió, atrapada bajo la luz de esos ojos tan transparentes que hasta duelen, de su mirada soñolienta y algo sombría, melancólica, con la que, cada vez que me miraba, parecía llenarme de sus profundas y calladas fantasías. Un hombre con el que me encontré estando ambos en lo más bajo, en días marcados por la necesidad, el miedo, la enfermedad y la muerte; señalados por la garra implacable de la obediencia ciega a los dictados inamovibles de las generaciones anteriores. Eran días en los que el suplicar por el trabajo parecía el único salvavidas y nos esforzábamos, como tantos otros, en arañar por la fuerza y por las malas cualquier cosa que nos pusiera delante el destino. Porque eran los años del apogeo de la crisis, mas nosotros ya arrastrábamos desde antiguo muchas penas, un mal comienzo estudiantil cargado de bullying y una infancia nada Montessori. Y a medida que el tiempo pasaba, en vez de evolucionar todo debido a nuestro esfuerzo para mejor, la crisis arreciaba, se cernía sobre nosotros como una garra maligna y nuestro día a día se estaba convirtiendo cada vez más en pura jungla de cristal. 

En ese mismo instante en que, en aquel café, nos encontramos, aquel diecisiete de marzo de hará pronto cinco años, ambos éramos habitantes del infierno sin saberlo, sin haber hecho nada especialmente malo para caer allí más allá de intentar defendernos de los depredadores y sobrevivir, de apenas atrevernos a lamentarnos a ciegas para nuestros adentros... de no haber sentido respuesta alguna si se nos ocurría, de casualidad, pedir ayuda frente a un altar.

Shane Koyczan expresa perfectamente lo que sentíamos en aquellos días. Todos sus poemas...

Mi padre murió al poco tiempo de conocernos, perdiendo al fin ante la que fue su última batalla contra la muy larga y dolorosa enfermedad que le había aquejado durante la mayor parte de su vida. Sin poder permitirme el duelo, para mi angustia y terror también descubrí, casi inmediatamente después, que mi madre empezaba a verse afectada por algo similar a los primeros síntomas de un alzhéimer, que ―¡gracias a Dios!― después resultaron ser los efectos secundarios de un mal medicamento que llevaba años tomando para dormir y de los cuales, al dejarlo, poco a poco se fue recuperando. Durante toda mi vida, desde sus mismos inicios, había sido el único apoyo que tenía mi madre para cuidar de mi padre enfermo, y esa labor había consumido prácticamente la totalidad de mi existencia, con la única salvedad de mis estudios. Mi marido, por su parte, arrastraba una infancia y una juventud durante las cuales los que tendrían que haber sido sus amigos se burlaban de que no fuera más ambicioso de arrogancia, poder y dinero. Un tipo sencillo, Dan trabajaba, hacía lo que le gustaba y esperaba pacientemente su oportunidad. Cuando esta llegó, conmigo y con su nueva familia que era la mía, pensó que al fin sus congéneres se alegrarían. Ese momento no llegó.

Tengo suerte de que mi madre es una suegra genial y tiene a mi marido de lo más mimado, y él la mima a ella a niveles siderales.

Aquel día, en la mesa de aquel café en el que nos encontramos, yo cargaba con un destino marcado por la muerte, la pobreza, la vejez y la enfermedad como una pesada losa sobre mi espíritu; Dan, por su parte, se enfrentaba a un cambio radical de ambiente, de valores y de vida y a la necesidad de dejar atrás una gran cantidad de raíces que persistían en encasillarle en una posición desde la que jamás se le toleraría posibilidad alguna de crecer y prosperar. Y ahí fue también cuando empezó mi batalla de años contra un enorme y taimado dragón, un auténtico habitante del Gehenna interpuesto entre nosotros, ¡el más temible enemigo que he tenido! Autoproclamado benefactor, mas actuando como severo acreedor, ansioso de cada vez más silencio, más prohibición, más obediencia y más dinero, si yo llegaba a caer ante este, si daba un paso en falso, sabía que peligraría mi misma salud, el destino de mi alma y mi matrimonio. Cual rondalla mallorquina, ante mí me plantaba cada vez más exigencias, pruebas y más pruebas, algunas prácticamente imposibles de cumplir, siempre con el mismo objetivo en mente: demostrarle a mi marido que yo en realidad jamás sería lo suficientemente buena. Es solo gracias a la protección de Dios que Dan aún permanece a mi lado.



Pues eso es lo que tienen los buenos chicos, que vienen con dragones. Daniel, así se llama mi marido, y así se llamaba el profeta bíblico que campó tan tranquilo, guardado por un ángel del Señor, en el foso de las fieras hambrientas del castillo de Babilonia. Es impresionante a lo que él ha sobrevivido sin darse ni cuenta, protegido de algún modo de percatarse, de ser influenciado por personas que tú ves que son capaces de cualquier cosa. Y ante él, aunque también busquen devorarlo, se comportan con camaradería y mansedumbre; ante ti, que les estás robando su tesoro, ahí la cosa cambia. 



Cómo no ser fiel a los caminos de aquellos sin los cuales no habríamos recibido la identidad y la vida. Un buen chico, un hombre fuerte y centrado en poco más que en ser un buen ciudadano y un hombre trabajador, de gustos sencillos y al que no le interesa meterse en problemas, si le sucede algo malo se culpa a sí mismo, y así es como queda atrapado en una posición desde la que, sin que se dé cuenta, goza de poca amplitud de movimiento, privado de oportunidades, alegrías y esperanzas; obligado, sin saberlo, a vivir una vida que no es en verdad la suya, una vida que en su momento otro fantaseó para él. Una vida marcada por los caprichos de dragones ajenos.  

Y los años van pasando, y nada cambia... y la falta de alegría y esperanza se transforman en piedras sobre el alma, y estas se concretan en forma de prisión, y esa prisión crece hasta desarrollar altos muros, nobles torres, inteligentes trampas, fosos profundos llenos de cocodrilos y tiburones. Y el amor queda atrapado entre las defensas y los días perdidos en una aparente nada, cargados de trabajo y de aquello que esperas y esperas pero pasan los años y no llega, en el espíritu y en la piel se adormece la sensibilidad, y uno no se da cuenta, pero se convierte en una máquina obediente de producir dinero, vivir según lo que dictan los otros y nada más. 

ICO, uno de mis indiscutibles favoritos de mi infancia. La tan laberíntica como hermosa personalidad de Dan siempre me recuerdan al bello castillo de este juego.


Y así es como mi hermoso marido aún queriéndome se cerró en banda a mí durante años, fortaleza inexpugnable, formidable enemigo cuyo corazón debía derrotar y derrocar para poder hablar con la voz del mío, para llegar a conocerle de verdad, saber quién es verdaderamente él siendo libre. Y así es como en mi permanente duelo desde la infancia por mi tragedia familiar, por él tuve que despojarme de los hábitos pesados y negros, ásperos y cómodos de la descorazonada víctima para volverme fiera y violenta guerrera, estrellándome contra los muros de sus defensas, reclamándole y enfrentándome contra él, aprendiendo ―yo, la tan orgullosa― a dejar sangrar las heridas y a encajar las derrotas y aun así a levantarme y volverlo a intentar. Aprendí a dejarme encarcelar por sus miedos, a ser escudriñada por su necesidad de seguridad, a ser puesta a prueba por su sentido de la lealtad y la obediencia, a encajar los zarpazos de la provocación a los celos, a poner a mi feminista a limpiar de rodillas las escaleras, a poner a la amante fogosa a juntar las palmas de las manos y rezar y a recurrir en todo momento a la ayuda del Altísimo incluso cuando este no parecía quererme escuchar. 

 Cuando le ves, lo primero que te impacta de Dan es su espontaneidad y su dulzura. Pocos descubrirían, a primer golpe de vista, que en las distancias cortas es introvertido y francamente recio.

Y le viví a él así dentro de mí, puesto que él no quería que yo sufriera: él solo quería comunicarse. De algún modo sabía que si yo no vivía lo mismo que había vivido él, no nos entenderíamos, no podríamos tocarnos de verdad con los dedos de nuestras almas. Y yo me dejé amasar como pan entre sus manos aunque a veces tenía tanto miedo por todo lo que nos estaba pasando que no podía ni respirar. 

Y han pasado los años, y conviví con sus dragones, y me enfrenté a los míos propios y dejé de ser quien soy, finalmente superando sus pruebas cual Psique contra Eros, gracias a Dios. Los dragones, algunos han quedado complacidos, otros se acallaron, otros simplemente siguen con sus vidas y otros (los más peligrosos) se destaparon lo suficiente como para perder el poder que les otorgaba su aparente ingenuidad. Y en la bella fortaleza que es mi marido, que jamás me canso de recorrer y contemplar; en esa morada teresiana del habitáculo de su espíritu de profeta caminando a salvo entre los leones sigo a veces encontrándome con muros que no sé cómo franquear, pero ya me conozco muchos jardines, huertos cargados de frutas, salones de recreo, pasadizos secretos y alguno de ellos que me llevan directamente a su cámara secreta, al Sagrario de lo más íntimo de su corazón y su alma. Y ya no teme que los pueda poseer, contemplar y acariciar. 




Y durante toda esta lucha, no nos percatábamos de ello pero, juntos, íbamos desapareciendo en la medida que nos íbamos purificando. Como metal fundido de nuevo, emprendimos un proceso de conversión en personas nuevas, mucho mejores que las anteriores, libres de esclavitudes y antiguas y perniciosas herencias, poseedoras de mejores corazones hechos no ya de condicionamientos de dureza sino de la sensibilidad de la carne. Cuando uno lleva un tiempo anhelando unir su alma con la de otra persona, porque se ha enamorado (y ojo que no es verdad que la química del enamoramiento solo dura un número determinado de meses) se percata que el orgullo no es más que un mecanismo desesperado de autoconservación, pero son tantas las cosas que lo tumban... tan frágil y tan vano es el sentido de identidad... Sin embargo, el deseo de eternidad se enciende como una llamarada por primera vez en aquel momento en que se cruzan las miradas, y como una llamarada en el interior desde ese instante permanece ahí, inalterado en cualquier circunstancia, inamovible. Ese deseo es el que derrota todos los demás, todo lo demás. Es el sol que llena tus segundos, rige tus anhelos y gobierna tus propósitos. En esos momentos, cuando estás en presencia de esta llamarada, de este clamor de eternidad, ya no quedan dragones. Una sola carne, un solo espíritu, un solo destino para dos personas, ¿será tal cosa posible?, uno se pregunta... En el ansia sagrada de Eternidad nosotros nos encontramos y nos habitamos; incluso si esta al final fuese tan solo un sueño, una esperanza vaga o una inaprensible verdad. 



Así es pues que mi marido es un recio, un honrado, un hombre callado y un buen chico. No le gustan las mujeres que se fijan en él siendo un hombre casado, del mismo modo que yo tampoco soporto que ahora que estoy casada se me acerquen con alguna intención estúpida. Más romántica, más infantil, yo me pierdo más por la difusión en las redes sociales; sin embargo, Dan es más cerrado y más fuerte y manda. Durante mucho tiempo, nada de mensajes tontunos en Facebook e incluso nada de fotos. ¿Para qué, qué es eso tan importante de nosotros que tienen que ver los demás? Así que no, no estoy en esa posición cómoda y estereotipada que tanto se busca en la época actual, tan patente en los anuncios de productos de belleza y tecnología, de o bien ser adorada por parte de un complaciente y tierno bollito o bien denigrada en manos de un hombre de menor calidad moral y personal. Él es un buen chico, y los buenos chicos trabajan, a su manera discreta se entregan, te lo dan todo pero también para ti traen consigo dragones, desafíos. Y háztelos mirar, pues se alimentarán de tus impurezas y debilidades. O cambias, o entre los suyos y los tuyos te aplastarán, quemarán y devorarán. O te dejas transformar y purificar a la hora de enfrentarte contra ellos o más bien dedícate a algún propósito inferior. Yo durante mucho tiempo no me creí capaz de superar tantas pruebas, derrotada como era, día tras día, ante mi Daniel, convertida en fiera amansada. ¿Y si yo también me preguntaba era otro dragón hasta conocerle a él, y no lo sabía? ¿Y si tan solo a través de su pureza salvaje, mortífera para mí, se me podía derrotar? Él me rechazaba, me vencía, me humillaba y yo me desesperaba y moría y sin embargo jamás era capaz de alejarme de esa mirada, de la promesa pegada al aroma venenoso y dulzón de inocencia salvaje, fuerte que todo él desprende. De sus movimientos seguros de trabajador diario, honesto, como un agricultor trabajando el campo de cultivo asalvajado de mis emociones, de sol a sol, haga el tiempo que haga, transformando las minas sembradas en frutos dulces, comestibles. 



Ya han pasado cinco años, y ahí estamos, dando pasos hacia esa Eternidad que, real o no, ambos soñamos. Tal vez Dios, si nos purificamos lo suficiente, al final nos la permita. Amado mío, gracias por transformarme, transformarte y luchar a mi lado. Con todo lo que tengo, a mi marido, a mi buen chico, a Dan... a quien más amo. 

María Concepción Pomar Rosselló

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